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La gente muere de sobredosis en sus camas
y yo me tengo que extrañar,
en un mundo donde nadie dice nada
aun sin saber parar de hablar,
de un lado a otro de las calles con sus puertas
cerradas, arriba y abajo, arriba y
abajo, chillándole al suelo, al cielo,
borrachos de vida, de sueños, los arboles
meados, sobacos emanando sudores de
licor.
La pelota giraba sin rumbo en el terreno,
respondiendo a las patadas de los jugadores,
de un lado a otro, arriba y abajo, arriba y
abajo.
Andar, andar, andar, hacia la tierra
prometida, mientras amanece y un nuevo
día aparece de la nada y yo con la piel a
tiras sin saber que hacer con ese milagro
que de vez en cuando aparece con tu forma
o de otras.
28 junio, 2010
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